Por Susana Alfonso Tamayo
De
pie, con botas, sombrero, camisa y pantalón, nos recibe Sara. Al abrigo
de las lomas de Bahía Honda, entre rocas húmedas por el paso de un
riachuelo y una agreste vegetación, la seguimos a pie luego de dejar, a
unos metros, el auto vencido.
Pronto aparecen diferentes tipos de plantas, en canteros bien
definidos o buscando alcanzar el cielo; las más cuantiosas, las de café,
se amontonaban en grupos aquí y allá como protagonistas de la finca:
poco más de 13 hectáreas destinadas a su cultivo, asegura la anfitriona.
